Liber I, 44-61: Los dioses

       En cuanto a ti, oídos, Memio, préstame libres
45   y préstate sin miedo al saber verdadero.
       No desprecies mi ofrenda, dispuesta para ti
       con fiel dedicación, sin antes comprenderla.
       Por la esencia suprema del cielo y de los dioses
       comenzaré, y el germen mostraré de las cosas,
50   cómo natura todo crea, cría y sustenta
       y a qué, cuando perece, natura lo reduce.
       Principios a esto y cuerpos de cosas genitores
       conforme a la doctrina denominar solemos,
       los llamamos semillas y también los nombramos
55   como cuerpos primarios, pues de ellos todo viene.
       Es natural entonces que todo ser divino
       de inmortal vida goce con la máxima paz,
       ajeno a nuestras cosas y lejos de nosotros;
       pues privado de todo dolor, sin riesgo alguno,
60   con poder por sí mismo, nada nuestro precisa:
       ni el bueno se lo gana ni se pone furioso.


En este pasaje, Lucrecio, después de llamar a atención sobre Memio, nos adelanta los temas sobre los que va a disertar a continuación: la naturaleza del cielo y de los dioses, y lo que hoy en día llamamos átomos, palabra de origen griego que él latinizó de distintas maneras:

  • materies: viene de mater, y, según Forcellini, se refiere a aquello de lo que se compone algo: el libro se compone de hojas, la casa de ladrillos; por eso, lo traduzco como “principios” o “elementos”.
  • corpora genitalia: “cuerpos genitores”, entendiendo “genitor” como “que genera”; por tanto, también “creadores”.
  • semina rerum: “semillas”, “simiente”.
  •  corpora prima: “cuerpos primarios”.

Los distintos nombres que asigna a los átomos nos sirven para tener una idea acerca de su naturaleza, y al mismo tiempo ofrecen la base de lo que desarrollará posteriormente: nada se crea de la nada, todo tiene un origen y se atiene a las leyes de estos principios elementales de los que se componen todas las cosas.

Actualmente, este pasaje se desplaza y se entronca el de Venus con el que comienza en el v. 56, en el que el autor nos presenta su teoría sobre los dioses, asegurándonos que los asuntos de los seres humanos les son ajenos. Y parece acertado, dado que en el pasaje anterior termina Lucrecio pidiendo a Venus paz para los romanos, y en este comienza diciendo que los dioses disfrutan de su vida en paz.

Colocan los entendidos la primera parte de este pasaje (vv. 44-55) tras el v. 135, después de que el autor haya hablado sobre el alma y antes de dejar constancia de lo difícil que es hablar de estos temas en verso y en latín; lo cual sería lógico hacer si en este pasaje Lucrecio no declarara que hablará sobre la naturaleza de los dioses, cosa que hará antes de hablar del alma, y no después.

Por tanto, me atengo a la edición de Gilbert Wakefield, pues, aun entendiendo que los vv. 56-61 entroncan mejor con el himno a Venus, viene bien en este punto, y antes de que entre en materia, saber qué temas tratará, de lo cual nos habla en los vv. 44-55.

Pero dejo aparte cuestiones de estructura, pues me interesa más el contenido, y aquí lo importante es que Lucrecio declara que es inútil rendir culto a los dioses, aunque no niegue su existencia.

Él piensa: ¿qué les interesamos a unos seres inmortales cuya existencia en nada depende de nosotros ni de lo que hagamos? Los dioses ni nos son contrarios ni propicios, porque no se preocupan de nuestros asuntos. De esa manera, el autor pretende liberarnos del miedo a los dioses y nos anima a buscar las causas de las cosas en otros lugares.

Esta idea, supongo, tuvo que formar bastante revuelo entre la clase religiosa romana, ya que de aceptarla, los sacerdotes serían a todas luces innecesarios. No se puede considerar ateísmo, ya que no se niega la existencia de los dioses, pero sería lo más parecido a ello en la Antigüedad, y casi podríamos decir que la consecuencia es la misma: si Dios no se preocupa de nosotros, ¿para qué rezar? ¿Para qué tener representantes de Él en la Tierra, si hagamos lo que hagamos, sea bueno o malo, ni nos va a castigar ni nos va a premiar? Esto supone una nueva concepción de la moral, en la que las directrices que marcan el buen comportamiento no se van a dictar amedrentando a los hombres con la amenaza del castigo divino por sus malas acciones.

Aunque Lucrecio no lo menciona, la idea contraria también nos da poder sobre nuestro destino: si los dioses se interesaran por nosotros, ¿por qué lo harían? Cabría pensar en la posibilidad de que nuestros asuntos les afectasen de alguna manera; por ejemplo, otorgando poder a aquellos de culto más numeroso y disminuyendo el de aquellos que son olvidados.

Sin embargo, actualmente, la explicación más aceptada es que a Dios le interesamos porque somos “hijos” suyos, nos ha creado y tiene un plan para cada uno de nosotros. Además, al estar hechos a su imagen y semejanza, queda implícita la idea de que podemos “volver” a Él, para, de alguna manera, obtener (o recuperar, según la religión que profesemos) un estatus divino. Esa ligazón con el Supremo dificulta que creamos que podemos escapar a su control; de ahí, supongo, el ateísmo: la negación del Padre, el deseo de desligarse totalmente de él para poder disfrutar de libertad total.

En todo caso, el miedo a los dioses podría encuadrarse dentro de la concepción hedonista del hombre defendida por los epicúreos, ya que estaríamos hablando de la evitación del sufrimiento. Prefiere Lucrecio, no obstante, que lo que nos guíe sea la búsqueda del placer, para lo cual antes hay que desterrar los miedos.

Liber I, 1-43: Himno a Venus

       Madre de los Enéadas, gozo de hombres y dioses,
       Venus alma, que bajo signos del cielo móviles
       el naviero mar, las frugíferas tierras
       frecuentas, pues por ti toda clase de seres
5    se concibe y, nacidos, la luz del sol contemplan.
       De ti, diosa, de ti huyen los vientos, los nublados,
       y de tu advenimiento; por ti el suelo diverso
       suavemente florece, te sonríen los mares
       y radiante de luz brilla el cielo sereno.
10   Pues al llegar al día la belleza vernal
       y del fértil Favonio la brisa desatada
       las aves voladoras indican tu presencia,
       diosa, su corazón por tu fuerza agitado,
       brincan fieras y reses por los pastos fecundos
15   y atraviesan las rápidas corrientes, y atraídas
       por tu gracia te siguen a donde tú las lleves.
       Y al fin, por mares, montes y ríos torrenciales,
       por frondas, hogar de aves, y por campos lozanos,
       infundiendo en sus pechos un amor que seduce,
20   su prole haces que ansíen propagar por especies.
       A ti, que en solitario gobiernas la natura,
       sin quien nada en el reino divino de la luz
       se origina ni se hace nada grato ni amable
       asociarme deseo para escribir los versos
25   que de natura intento componer para nuestro
       Memíada, quien tú, diosa, en todo momento,
       dotado para todo ver descollar quisiste.
       Con más razón, da eterno, diosa, encanto a mi verbo.
       Haz que, mientras, las crueles prácticas militares
30   por mares y por tierras queden aletargadas.
       Tú sola a los mortales la paz serena puedes
       traer, pues Marte rige la cruel práctica bélica
       armipotente, y él en tu falda a menudo
       yace, de amor vencido por una herida eterna,
35   y así, tras reposar su cuello torneado,
       absorto, satisface sus ojos deseosos,
       y el alma del que yace de tu faz se suspende.
       Mientras descansa, diosa, con tu cuerpo sagrado
       envolviéndolo, exhala de tu boca palabras
40  dulces pidiendo, excelsa, paz para los romanos,
       pues, en túrbidos tiempos para la patria, hablar
       tranquilos no podemos, ni el clan de Memio ilustre
       faltar al bien común en estas condiciones.


Comienza Lucrecio su obra con un himno a Venus. Y puede esto parecer contradictorio, dado que en gran parte del poema se dedica a atacar furibundamente a la religión y la superstición. Pero he llegado a la conclusión de que en realidad no le está cantando a Venus diosa, sino a lo que ella representa: genetrix, es decir, madre generadora de todas las cosas, y alma, fecunda o nutricia1; pareciera, por estas dos cualidades, que se está refiriendo a la propia Tierra. Bien es cierto que como generadora y fecunda, más que frecuentar el mar y la tierra, como se afirma en el v. 4 (concelebras), concuerda más que los agite (commoves) para que, respectivamente, sean naviero y frugífera2. Con esto, está dando a entender que lo que mueve al mundo es el placer y el amor; el placer, tanto en cuanto empuja a la generación y perpetuación de la especie:

Æneadum genetrix, hominum Divomque voluptas,

es decir, Venus es “gozo de hombres y dioses”, y a través de ese gozo es genetrix, “generadora”; y el amor porque es alma, alimenta la tierra, la nutre y la puebla de criaturas.

También alude Lucrecio a los romanos, que provienen de Venus, ya que ella es la madre de Eneas, el troyano que partió al oeste y cuyo descendiente, Rómulo, fundó Roma. Tal vez con eso quiere recordar a los romanos que no son hijos de Marte, pues son de carácter tan belicoso, y de hecho, a partir del v. 29 queda patente su deseo de que las guerras acaben gracias al poder conciliador de Venus.

Volviendo al principio, en el v. 2 se lee caeli subter labentia signa. Bajo las estrellas es donde influye la fuerza reproductora de Venus, y si embargo sigue siendo voluptas incluso para los dioses. Es decir, que nada escapa a su influencia, pero es en la Tierra donde su fuerza se traduce en un fenómeno dentro de la esfera de lo material: el cambio, el movimiento, y con él la generación.

Los vv. 6-7 son especialmente bellos y elegantes, pues pueden cobrar varios sentidos. Del advenimiento de Venus huyen vientos y nublados; aquí, con facilidad, se puede establecer la relación de Venus con la primavera: al llegar esta, el mal tiempo del invierno da paso al mes de abril, Aprilis, en el que las flores se abren y las especies se aparean; esto se confirma en los dos siguientes versos, en los que la tierra florece, el mar está en calma (ridet, lo cual añade un matiz de belleza), y el cielo radiante.

Pero también puede entenderse el viento como una metáfora de la falsedad, y los nublados de la ignorancia. Es entonces la fuerza de Venus la que nos empuja a la luz (lumina solis), al conocimiento verdadero, a través del amor.

En los versos siguientes explica cómo actúan los animales cuando llega la primavera. Los pájaros son los primeros en notar la fuerza de Venus: se puede decir que la primavera comienza cuando regresan de las regiones tropicales. A estas les siguen los animales terrestres, que llenan los campos. No hay ni un solo lugar a donde no llegue Venus: por tierra, mar y aire las especies se propagan gracias al amor que infunde en sus pechos.

A estas alturas, en el v. 20, creo que queda claro a qué se está refiriendo Lucrecio. Venus es la diosa de la primavera y el amor, y por tanto utiliza su nombre para referirse a esa fuerza que existe en el universo, gracias a la cual la vida se renueva y se perpetúan las especies. Es generadora, pero a la vez fecunda; es decir, se está refiriendo conjuntamente al principio masculino, que engendra, y al femenino, que concibe. Esta dualidad es omnipresente y sus elementos se atraen entre sí. Dicho de otro modo, son la acción y la reacción, la relación causa-efecto, la que rige nuestra realidad, y Lucrecio sitúa el placer como motor principal en el engranaje del cosmos, la fuerza que pone en movimiento esos dos elementos y gracias a la cual interactúan.

Asimismo, no puede ser que en el v. 24 desee Lucrecio asociarse a la diosa Venus para escribir sus versos, cuando más adelante afirma que de los dioses no se puede obtener castigo ni gracia. Caben dos posibilidades entonces: que se trate de un recurso poético, o, como parece más probable, que esté personificando la naturaleza en Venus, pues “en solitario gobierna la natura”. También, puesto que todo lo engendra, puede estar invocándola como generadora de ideas y regente del mundo mental: el “reino divino de la luz” bien podría ser la inteligencia, en contraposición con los vientos y nublados del v. 6. Por otra parte, alude al encanto y la gracia, los cuales desea infundir a su poema para hacerlo eterno.

De aquí concluyo lo mismo que más arriba, y es que Venus concentra en sí varias características que la hacen la elección perfecta para Lucrecio: diosa madre de los romanos, con su gracia pretende que su pueblo preste atención a sus enseñanzas, y más en concreto Memio, de quien hablaremos más adelante; y como diosa del amor y del placer es la elección perfecta para un epicúreo, que cree en la búsqueda de placer y la ausencia de dolor como el bien supremo. Así pues, Venus no sería tanto diosa de la naturaleza como del placer, que, como dijimos, es el motor que hace que todo funcione.

Siguiendo este razonamiento, en los vv. 29-43 se nombra a Marte como personificación del dolor. Solo Venus, el placer, es capaz de sosegarlo y acabar con las guerras que solo traen sufrimiento. Tal vez aquí podemos traer a colación el episodio del rapto de las Sabinas, que fueron las únicas que consiguieron evitar que romanos y sabinos se destruyeran mutuamente, interponiéndose entre ellos durante la batalla; pues, esposas de unos, hijas de otros, eran los nexos que a ambos unían mediante el amor que por ellas sentían. Además, declara que Marte está “de amor vencido por una herida eterna”, lo cual lo subordina a Venus.

La petición a Venus tiene, además, otro sentido: solo cuando el dolor es mitigado y el hombre está en calma puede deleitarse con la filosofía. Por eso menciona a Memio; mientras no haya paz, Memio no podrá abandonar sus deberes para con la república, y por tanto no podrá leer los versos que le dedica Lucrecio. Este es un deseo compartido con otros poetas como Virgilio y Tibulo, que ansían la paz, pues el deleite que proporciona la poesía solo es posible en tiempos de ocio, momentos que el hombre puede dedicar a los fines más elevados.


1. Véase Álvarez Iglesias (1983).

2. Véase Bodelón García (1986); los versos quedarían entonces así: “el naviero mar, las frugíferas tierras / agitas”